¿Los hombres no sentimos, o no aprendemos a sentir?
¿Qué nos pasa a los hombres cuando nos invitan a hablar de lo que sentimos sin tener una actividad que nos proteja de hacerlo? Sentimos un chingo, el problema parece estar más en reconocer, nombrar, expresar y compartir ciertas emociones, especialmente entre hombres. Tenemos mucho dentro y no sabemos dónde sacarlo. Conversemos de nuestra propia incapacidad (aprendida o heredada) para expresar.
Hace unos días invité a un grupo de papás a participar en el primer círculo de escritura de Compadres. La propuesta era bastante sencilla: escribir entre 500 y 1,000 palabras sobre algo de estos primeros años de nuestros hijos que no quisiéramos olvidar. No había que saber escribir, no había que hablar de traumas, confesar secretos ni sentarse frente a otros hombres a llorar. Solamente había que recordar algo y escribir sobre ello. Hasta ahora ningún papá ha mandado un texto.
No me preocupa. Compadres apenas está comenzando y desde el principio decidí que prefiero construirlo probando cosas que pasar otro año diseñando el proyecto perfecto que nunca sale a la calle. Si este experimento fracasa, habremos aprendido algo. Si funciona después, también. Pero sí me dejó pensando.
Porque quienes reaccionaron a la invitación fueron principalmente mujeres. Y entonces apareció una pregunta que llevo varios días masticando: ¿los hombres no sentimos o simplemente no nos enseñaron qué hacer con lo que sentimos?
Porque sentir, sentimos. Nos enamoramos, tenemos miedo, extrañamos, nos frustramos, sentimos culpa, ternura, vergüenza, orgullo. Se nos rompe el corazón. Nos aterra que algo les pase a nuestros hijos. Algunas noches entramos a su habitación sólo para comprobar que están respirando. Nos emocionamos cuando nos abrazan y hay días en los que no tenemos la menor idea de si estamos haciendo bien esto de ser padres. El problema quizá no está en sentir. El problema empieza cuando hay que ponerle nombre a todo eso y, peor todavía, compartirlo con alguien.
A muchos hombres nos enseñaron otras herramientas. Resolver. Aguantar. Trabajar. Proveer. Hacer bromas. Enojarnos. Callarnos. Seguir adelante. Y durante mucho tiempo incluso esas herramientas fueron suficientes para cumplir con lo que se esperaba de nosotros. Peor ahora somos papás. Y entonces me pregunto si realmente creemos que con estar presentes ya estamos haciendo todo lo que podemos.
Yo quiero estar con mi hija. Quiero llevarla, recogerla, jugar con ella, acompañarla y hacerme cargo. Pero también quiero que crezca con algo que yo tuve mucho menos: un padre emocionalmente disponible. Un hombre capaz de decirle que la ama sin sentir que está exagerando, abrazarla sin necesitar una razón, pedirle perdón cuando se equivoca y hablar con ella de miedo, tristeza, alegría o vulnerabilidad sin convertir todo inmediatamente en una solución. Mi hija probablemente ha recibido más “te amo” de mí en un año de los que yo recibí durante buena parte de mi vida.
No digo esto para reclamarle nada a nadie. Pertenezco a una generación criada por otra generación que también hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Pero precisamente ahí está el asunto: nosotros podemos construir herramientas nuevas.
Romper un patrón no significa necesariamente haber tenido una infancia terrible. A veces significa simplemente mirar algo que recibimos, agradecer lo que sirvió y decidir que con nuestros hijos queremos hacerlo diferente. Y tampoco creo que esto termine en nuestros hijos.
Si aprendo a decirle “te amo” a mi hija pero sigo siendo incapaz de expresar cariño a mis amigos, de decirle a otro hombre que lo extraño, de reconocer que tengo miedo, de pedir ayuda o de sentarme con otros hombres a hablar de algo que me está doliendo, quizá rompí una parte del patrón, pero dejé intacta buena parte de la estructura. Por eso me interesan tanto los espacios entre hombres.
Y aquí tengo una incomodidad particular con cierta manera en que seguimos construyéndolos. Busco proyectos de paternidad y muchas veces encuentro la misma traducción cultural de lo masculino: somos gorilas. Cerveza. Rock and roll. Futbol. Hamburguesas. Parrilladas. Como si para conseguir que diez hombres se sienten juntos a hablar de sus hijos primero hubiera que tranquilizarlos asegurándoles que habrá carne asada y suficientes chelas para que nadie sospeche que están a punto de tener sentimientos.
Y ojo: me gusta una cerveza y no tengo absolutamente nada contra una parrillada. El problema no es la cerveza. El problema sería necesitarla como permiso para encontrarnos.
Quiero creer que podemos construir otro tipo de espacios masculinos. Un grupo de hombres sentados alrededor de una mesa tomando cerveza, café o agua simple, da exactamente lo mismo, donde podamos hablar de nuestros hijos y terminar hablando también de nosotros. Donde alguien pueda decir “tengo miedo”, “me siento rebasado”, “ayer lloré”, “no sé cómo hacerlo”, “me equivoqué”, “extraño quién era antes de ser papá” o “estoy profundamente feliz” sin que inmediatamente aparezca el chiste para rescatarlo de la incomodidad.
Quiero un lugar donde podamos llorar si algo nos mueve sin que el resto tenga que mirar al piso esperando a que termine. Porque quizá ésa sea una parte de la paternidad de la que hablamos poco: nuestros hijos no solamente necesitan hombres presentes; también están aprendiendo de nosotros qué significa ser hombre.
Mi hija me está mirando. Está aprendiendo cómo expresa cariño un hombre, cómo maneja el enojo, cómo pide perdón, cómo trata a otras personas, cómo enfrenta el miedo, cómo escucha, cómo llora y cómo dice “te amo”. Algún día convivirá con otros hombres y una pequeña parte de lo que considere normal habrá empezado conmigo. Eso sí me parece una responsabilidad enorme.
Así que seguiré invitando a papás a escribir aunque durante un tiempo nadie escriba. Seguiré proponiendo conversaciones aunque al principio seamos tres. Y quiero seguir defendiendo la necesidad de espacios masculinos donde la vulnerabilidad no sea tratada como una actividad extraordinaria, terapéutica o vergonzosa, sino simplemente como otra parte de estar vivos. No quiero enseñarle a los hombres a sentir. Ya sentimos.
Quiero que aprendamos juntos a no salir corriendo cuando llega el momento de hablar de ello. Y si algún día conseguimos sentarnos varios papás alrededor de una mesa, con agua, café, cerveza o lo que cada quien quiera tomar, y hablar de nuestras hijas, nuestros hijos, nuestros miedos, nuestros errores y las personas en las que nos estamos convirtiendo, quizá descubramos algo bastante sencillo: que abrirnos emocionalmente no nos hace menos hombres.
Nos permite estar más completos frente a nuestras hijas e hijos.
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Papá de Omara, fundador de Compadres. Diseñador, apasionado de los deportes y curador experto de hojas, piedras, semillas y todo cuanto Omara va guardando en el camino.
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